Frase de la semana

"Para que nada nos separe, que no nos una nada."

Pablo Neruda.

jueves, 29 de agosto de 2013

Stop Motion: Ni una sola palabra de amor.



-Ni una sola palabra de amor.

Director: El Niño Rodriguez.
Actriz: Andrea Carballo.


María Teresa Gelsi, la verdadera protagonista del corto 'Ni una sola palabra de amor', que se ha viralizado en la web con más de 500.000 reproducciones en tres semanas, ha reaparecido 15 años después de aquella crisis matrimonial que tuvo con su esposo Enrique, por entonces chofer de ambulancia.


"No puedo creer que a los 75 años me esté pasando esto", ha confesado la mujer, en su casa de playa Serena, 400 kilómetros al sur de Buenos Aires. Y ha admitido que "es raro esto de ser famosa y conocida con una historia íntima", ocurrida en 1998, que ahora "da lugar a la imaginación de la gente" a través de Internet.


-El Mundo. Juan Ignacio Irigaray.


Ni una sola palabra de amor.

Lamentablemente
siempre hablo con un aparato
como cuando hablo con vos,
Hablo sola.

Me pedís un toallón y una toalla
¿no es una ambivalencia?
Venís a hacer una propuesta para volver,
y me pedís un toallón y una toalla.
¿Qué quiere decir eso?

El tratamiento psiquiátrico que necesitás
(o psicológico o lo que sea)
no me lo pedís concretamente,
no lo proponés concretamente,
y es por si las moscas.
Y después la ausencia,
ausencia, ausencia, ausencia;
ausencia en toda mi vida.

Y no amor, jamás,
ni una sola palabra de amor,
ni una sola palabra de acercamiento,
ningún proyecto en común,
ninguna responsabilidad por nada.
¿Cómo no te voy a responder
de la manera que te respondí?

Ahora, respondeme vos
porque yo, tal vez, no tenga
otra manera más que esa.
Vos me generás esto.


Juanjo Aguilar.



Una mención especial a Andrea Carballo cuya interpretación, 
no sé muy bien por qué, me ha fascinado. 
Quizá sea la falda de rosas, quizá la precisión 
quirúrgica del movimiento de sus labios.

http://www.diariouno.com.ar/espectaculos/Andrea-Carballo-la-actriz-del-momento-20130821-0004.html 

martes, 27 de agosto de 2013

Mi Cuaderno Negro: Esperanza.


-Ilustración de Takehiko Inoue.

Estábamos Ella y yo sentados cerca de la ventana de la taberna haciendo nada, mirando a los marineros cargar y descargar, viendo papeles rodar y preguntándonos qué ocurriría ahora.

Ella tenía esa capacidad de hacerme reflexionar sobre lo más nimio, Ella sí tenía alma de samurái. Yo no, yo siempre fui un espíritu libre.

Los acontecimientos sucedieron rápido como el curso de un río. Mi kanabo hizo sonar su cráneo como suena una cáscara de nuez cuando la quiebras con los dedos. Recordé la escena mientras Ella y yo hablábamos de nuestro “Gran Proyecto”, como nos gustaba llamarlo, en aquella taberna portuaria donde no hacíamos nada, mirar los papeles rodar y preguntarnos, quizá, qué significaban las palabras escritas a puñal en la madera de la mesa mientras partía y comía nueces.

Yo había servido a una orden samurái durante diez años. Diez largos años de miseria. Recaudaba dinero para mi señor, protegía a mi señor e incluso mataba inocentes para mi señor. Todo por un poco de tierra donde plantar arroz. Cada vez que mi kanabo impactaba contra una de aquellas pobres almas se quebraba un miembro y, con él, mi fe en el código.

Un brazo roto para uno de esos pobres campesinos podía equivaler a un mes sin trabajo, un mes sin comida, un mes deshonroso de mendigar las calles. Un brazo mutilado podría significar una muerte de hambre para toda una familia. Por eso me especialicé en la lucha con kanabo.

Allí descansaba Hitoishi (mi kanabo) en aquella mesa llena de tajos que, si incidías en ellos,  formaban palabras como “Loto” o “Cesura”, seguros códigos que algún marinero dejaría a otro días atrás o quizá años. Con la madera nunca se sabe. Junto a Hitoishi se encontraba aquella caja pequeña envuelta al estilo furoshiki en un pañuelo suave cuyo estampado representaba una escena de cerezos en flor y en cuyo interior (en tan pequeño espacio cabía) descansaba lo que a ella y a mí nos gustaba llamar “Nuestro Gran Proyecto”.

Aquella escena en la taberna sucedería años después de que, también en primavera, mi arma se estrellase de forma propicia en el cráneo de mi señor feudal Takeshi Miyamoto robándole la poca vida de que disponía. En mi derredor, sobre el tatami, dos cuerpos derrumbados también yacían cuan largos eran derramando una sangre que se me antojó azul. De pie un par de excompañeros me miraban fijamente. Ellos dos eran buena gente y lo siguen siendo – A esto se refieren los sabios cuando hablan del Karma ¿No es cierto Kitano?- Me dijeron. En aquel momento tan solo asentí dicha reflexión.

Hice lo mismo en aquella taberna donde Ella y yo comíamos nueces y veíamos a los marineros cargar y descargar cajas en el puerto cuando Ella me miró fijamente y volvió a decir aquellas mismas palabras “¿No es cierto Musashi?”. Mi asentimiento la hizo sonreír y apretarme con dulzura la mano.

El apretón me llevó atrás a mi infancia. Recuerdo el último rictus de mi madre mientras se desangraba en aquel tatami ajado bajo mis pies. –Eres un chico fuerte ¿No es cierto Musashi?- Las mismas palabras una y otra vez. Se repiten los ciclos. Hay dos tipos de personas en este mundo (Siempre hay dos tipos de algo en cada cosa): Los que creen que las cosas solo suceden una vez en la vida y los que opinan que, por el contrario, algo solo puede suceder como recurrencia.

Y mientras mi madre malgastaba sus últimas palabras en decir algo que ya sabía, la otra figura enfundaba su Katana con torpeza mientras decía: “Si cuando seas mayor aún me guardas rencor por esto esperaré tu venganza con ansias.”

Esas palabras las repetí años después en su oído mientras se desangraba el muy bastardo en aquel tatami, vertiendo aquella sangre que se me antojaba azul mientras otros dos cuerpos se contorsionaban por el dolor de la cercana muerte y otra pareja observaba de pie toda la escena.

Aquella sangre azul ahora agitaba el mar. Nunca había viajado en barco. Prefiero la tierra firme. Estos últimos días he tenido incontables pesadillas marítimas. Aun así su sonrisa me reconforta, la de Ella. Le he dejado todo lo que tengo, allá donde voy no me hará falta. El Karma proveerá.

Hablamos por última vez de nuestro “Gran Proyecto” mientras nos marchamos de aquella taberna portuaria donde los marineros dejan sus mensajes. Ella ha escrito algo en nuestra mesa: 

ホープ

(Esperanza)

Sonrío a la nada. Fuera Llueve.

Ella saca su paraguas con la gracia de un felino. Nos dirigimos hacia el barco que me llevará a mi ineludible destino, a nuestro ineludible destino al fin y al cabo. Ella acaricia nuestro “Gran Proyecto” con una mano y en la otra sujeta su paraguas. Nuestras miradas se cruzan.

-Llegó el momento.- Alcanzo a decir.

-Volverás ¿No es cierto Musashi?

-Volveré.

Ella me entrega la caja pequeña envuelta al estilo Furoshiki y yo le beso bajo el paraguas.

En el fondo sé que no volveré a verla. No es una certeza lógica, es una simple intuición, por eso sé con seguridad que no volveré. Y si vuelve alguien de este viaje sin duda no seré yo. Será otro Musashi.

El barco zarpa. La veo a lo lejos. Su rostro, su paraguas y su mano acariciando todavía su tripa. Abro la caja y encuentro un pergamino:

桜

(Sakura)

Sonrío.

Juanjo Aguilar.


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Esperanza por Juan José Aguilar se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

domingo, 25 de agosto de 2013

Cesura: Mariposa.

Un átomo emite un electrón
y reordena el mundo.

Juanjo Aguilar.

Mi Neurona Paranoide: Efectos visuales.

Miras al suelo y no ves nada raro. Al poco te percatas de un punto que se mueve, algo infinitesimal que gira y vira sin sentido sobre un cielo blanco moteado. Es un individuo que camina, una hormiga, solo una ¿cómo no la vi antes? Efectos visuales, es muy pequeña, será eso, pienso, pero al rato aparecen dos y tres más, cuatro y cinco. Te preguntas de dónde han salido tantas y de forma tan espontánea. Te preguntas sobre lo errático de su movimiento e incides también en lo errático del tuyo. Intentas razonar el sentido de tu ahora, ese ahora en el que miras un suelo blanco moteado lleno de pequeños seres infinitesimales que vagan (vagar es la palabra que buscaba) por tu dormitorio. Miras a la pantalla del portátil y vuelven a desaparecer los individuos, los dos, los tres individuos; los cinco. La masa desaparece y queda el suelo al fondo, ese cielo blanco moteado en el que apenas habías incidido desde que eras pequeño y jugabas con tus Playmobil a ser Dios persiguiendo con sus estáticas piernas las hormigas que vagaban (queda genial la palabra ¿no crees?) por ese suelo blanco moteado mientras soñabas que dicho Playmobil, un humanoide de plástico, era un monstruo gigante, una aberración aún mayor que tú mismo, maestro de marionetas, persiguiendo a esos individuos infinitesimales por ese cielo blanco moteado intentando causarles un pánico que, años después descubrirás, no pueden sentir.

Juanjo Aguilar.

Digno de mención es el título de esta Neurona de hoy, barajaba llamarla "Hormigas", "Individuos", "Playmobil" e incuso "Instinto" y sin embargo ahora que he leído de nuevo todo el párrafo me urge llamarla "Efectos visuales" tomando el término de la forma más estricta, esto es, el efecto que ha provocado en mí la visión de la hormiga (El aviador).


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Efectos visuales por Juan José Aguilar se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

viernes, 23 de agosto de 2013

Stop Motion: La de los monstruos.

No sé por qué vino a mi cabeza Borges y la idea de matroska. Sin más, "La de los monstruos."



-Fragmento del programa Nº 8 (Y último).
Nadie sabe nada. Berto Romero y Buenafuente.

...thy rope of sands...

George Herbert (1593-1623)

 La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de 
líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número 
infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo 
de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato 
fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

[...] Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en 
tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me 
sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

[...] Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron 
gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una 
biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de 
las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el 
número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba 
numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los 
diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

[...] No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente 
infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de 
ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita 
admiten cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta: 

- Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es 
infinito estamos en cualquier punto del tiempo. 

-El libro de la arena. Jorge Luis Borges.
Puedes leer el relato completo en el siguiente enlace:
Juanjo Aguilar.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Mi Cuaderno Negro: El ojo.


-Etant Donnés. Marcel Duchamp. (1946-1966)


El ojo.


Como encuadradas por el ojo de una cerradura se suceden imágenes de objetos domésticos: ollas, diversos instrumentos de cocina, muebles de madera gastada por décadas de uso y lustrada por el roce de manos allí donde se fue borrando la cera o el barniz, almohadones, cortinas, mantas, relojes de pared, picaportes y cerraduras de bronce. Seguramente no estoy soñando esto a través de una cerradura. Tal vez el marco sea una hoja de cartulina calada con el contorno de una cerradura primitiva, de hierro o de latón. A medida que progresa el sueño me parece que sus imágenes son una mezcla de objetos que aún poseo junto a otros que hubo alguna vez en las tantas casas que habité y a otros que he de haber visto en films de los años cuarenta y cincuenta: el mismo borde de la pantalla -esa cerradura- se me revela como un ícono clásico de los dibujos animados de Disney. Me parece que todo fue calculado para representar un libro que estaría escribiéndose detrás de mí, pero dentro de mi cabeza.

Hacia el final de la serie de objetos me convenzo de que todo sucede en una localización precisa de la corteza del lóbulo occipital derecho. Intento que entre tantas imágenes que aparecen en el sueño, aparezca un modelo de porcelana del cerebro para identificar esa zona y después indagar su nombre anatómico en un manual de neurología. Pero no puedo detener la sucesión de objetos porque no encuentro la palabra adecuada para nombrar esa maqueta de la corteza cerebral que, por lo demás, nunca figuró entre los objetos dispuestos en mis distintas casas.

-El ojo. La gran ventana de los sueños. Rodolfo Fogwill (2013)

Juanjo Aguilar.

lunes, 19 de agosto de 2013

Cesura: Sueño.

Tengo enrollado al cuello
un sueño que no me deja dormir
ni soñar.
Un sueño que no se repite,
que no parece pesadilla,
no es un sueño de autosuperación,
o de cambio,
ni tan siquiera podría psicoanlizarse,
es un sueño que sueña con despertarse
un día
y seguir siendo sueño
y no recuerdo.

Es un pequeñito sueño eterno,
un sueñito,
un sueño esperanzado,
el cubil de un sueño,
el huevo sueño,
despierto del sueño y lo sueño.

Es un resquemor onírico,
una aguja de acupuntura,
una nube de ternura
soñolienta.
Una historia fantástica
y lenta.
Tiene varios capítulos la quimera,
dos e incluso tres temporadas,
aunque la mejor para mí
siempre será esta, la primera.

Es una alucinación de medianoche,
una visión de calaveras,
el broche de oro de la madrugada
esperanzada en despertarme.

Decía Calderón:

  “Que toda la vida es sueño
  y los sueños, sueños son.”

Pero mentía el muy cabrón,
el ensueño no es espejismo,
no es ilusión,
es tan real como lo soy yo,
quizá más.

  -Ya sabes cómo son estas
  cosas de la burocracia onírica.-

Este sueño, que es mi sombra,
se presenta de noche
y toca a la puerta de mi alcoba.

  -Vaya palabra alcoba-

Yo vivo en otra casa
transfigurada,
errática,
se mueve la casa.
Descansa sobre las sábanas
el cuerpo inconsciente de otro que sueña,
que no soy yo pero tiene mi misma apariencia.

  “De repente llaman a la puerta.”

El cuerpo se despierta.
Se escabulle entre sus propias utopías,
se desvía entre pasillos imposibles,
e ineludibles habitaciones con pestillos.
Surca marcos de puertas torcidos,
un recorrido de safari surrealista
a lo Gabinete del doctor Caligari.

El pasillo se bifurca en cien pasillos.

  -Entiendo que son cien
  sin contarlos, no sé.-

Me guío solo por el sonido
del timbre, aunque no sé si los sentidos
tienen dentro del sueño algún sentido.
Se dibuja la idea en mi cabeza del color,
aunque sepa también que la televisión
de los sueños es monocromática,

Las paredes se vuelven de pronto estáticas,
erráticas
y no me muevo,
ahora ya me pregunto si soy yo el dueño
del sueño o si es el sueño mi dueño.

Suena el timbre una última vez.

  -De repente estoy en la puerta.-

Tiro del pomo hacia fuera

  (Puertas absurdas)

y al otro lado del umbral
ya no hay nadie.
Cierro la puerta y miro por la mirilla.
Me asombra la visión de un ente.
Creo que es el propio Sueño
quien está ahí en frente.

De pronto estoy sobrevolando
Nueva York

  -Recuerden
  que la casa se mueve-

y hago pasar al sueño
que se convierte en ella
y ya la casa no es tan larga
ni tan enrevesada,
es mucho más escueta y parece tranquila.
Y todo comienza a apagarse 
cuando ella me mira
Y comenta:
-Me entusiasman tus sueños.
Y yo le digo:
  -¿Te gustan solos o conmigo?

Juanjo Aguilar.


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Sueño por Juan José Aguilar se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.